Sobrenatural: Los Orígenes
El Libro de los Winchester
Volumen I
Prólogo: La Nana Incandescente de Oakhurst Lane
(Noviembre, 1983)
La noche en Lawrence, Kansas, era un lienzo de terciopelo negro, salpicado por el polvo de estrellas distantes. En Oakhurst Lane, las casas respiraban al unísono, un metrónomo de tranquilidad suburbana. Pero en el número 1834, la armonía estaba a punto de romperse. Mary Winchester, cuyo cabello rubio pálido enmarcaba un rostro de madonna joven, se despertó abruptamente. No fue un sonido fuerte, sino una ausencia: el habitual crujido lejano de la casa asentándose había sido reemplazado por un silencio expectante, y luego, un siseo agudo, como de electricidad estática, emanando del monitor de bebé en su mesilla de noche. El pequeño aparato de plástico blanco, antes una fuente de tranquilidad, ahora parecía un ojo vigilante y hostil. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral, independiente de la fresca brisa otoñal que hinchaba las cortinas. El instinto, una bestia dormida en su pecho, se desperezó con garras afiladas. Algo antinatural acechaba cerca de Sam, su Sam de seis meses, que dormía plácidamente bajo un móvil de patitos amarillos.
Se levantó, sintiendo el frío de las tablas de madera bajo sus pies descalzos. El fino algodón de su camisón, estampado con diminutas flores azules que parecían marchitarse en la penumbra, se pegó a su piel por un sudor repentino. Avanzó por el pasillo oscuro, cada sombra un posible escondite, el latido de su corazón un tambor sordo en sus oídos. La puerta de la habitación infantil, con la pegatina del conejito ahora pareciendo una mueca siniestra, estaba entornada. Empujó, la madera rozando suavemente la alfombra. La tenue luz de la lámpara de luna creciente apenas disipaba las sombras, pero fue suficiente para verla. La figura. Alta, delgada, envuelta en una oscuridad que parecía absorber la luz. Estaba allí, inmóvil, junto a la cuna. Un hedor sutil pero penetrante llenó el aire: ozono quemado, como después de una tormenta eléctrica violenta, pero con un trasfondo más profundo, a azufre y polvo antiguo. El terror le cerró la garganta, robándole el aliento y el grito.
Pero el leve jadeo fue suficiente. En la habitación contigua, John Winchester pasó del sueño a la alerta total, la transición pulida por años de una inquietud que nunca lo abandonaba del todo. "¿Mary?" Su voz, ronca por el sueño, se quebró por una repentina oleada de pánico. El silencio que respondió fue denso, pesado. Sus pies golpearon el suelo frío mientras corría, el corto pasillo transformado en un túnel hacia lo desconocido. Se detuvo en seco en el umbral, sus ojos luchando por comprender la escena que desafiaba todas las leyes del universo conocido. Mary. Flotando boca abajo contra el rugoso techo de gotelé, sus miembros extendidos en una crucifixión grotesca. La tela azul de su camisón estaba oscurecida por una mancha húmeda y creciente en su abdomen, de donde una gota espesa y carmesí se desprendió, cayendo en un silencio casi absoluto sobre la alfombra con estampado de animales. Sus ojos, desorbitados, encontraron los de John, un universo de terror y una despedida imposible comunicados en ese instante helado. Entonces, una luz parpadeante surgió de la herida, y las llamas, de un naranja vibrante y maligno, brotaron con una ferocidad antinatural, envolviéndola. El calor fue instantáneo, abrasador, haciendo que la pintura del techo burbujeara y se pelara antes de ser consumida. El olor a pelo chamuscado y algo más, algo indescriptiblemente horrible, asaltó los sentidos de John.
El mundo se disolvió en un infierno personal, pero el llanto agudo y aterrorizado de Sam desde la cuna lo devolvió a la realidad...
Capítulo I: El Asedio al Bastión de Cristal
(Stanford, California - Veintidós años después)
Veintidós años después, la luz del sol de California era casi agresivamente brillante, inundando el ordenado apartamento de Sam Winchester en Palo Alto. Sobre la mesa de Ikea, los códigos legales y los tratados de jurisprudencia formaban pulcras pilas. Sam repasaba sus notas sobre Marbury v. Madison, intentando concentrarse en los matices de la revisión judicial, anclándose a la lógica y la razón como un náufrago a una balsa. Intentaba creer en este futuro tangible: un título, un bufete prestigioso, un sueldo estable, fines de semana en Napa con Jessica. Jessica Moore. Ella entró con dos tazas humeantes de café colombiano recién hecho, su aroma un bálsamo para el alma cansada de Sam. "¡Lo conseguiste, futuro abogado estrella!", dijo, su sonrisa genuina y llena de orgullo por su nota en el LSAT. Su toque en su brazo era cálido, real. Era la arquitecta involuntaria de su frágil paz, la personificación de la vida que no incluía sal en los umbrales ni plata bajo la almohada.
Esa noche, mientras el eco de las risas aún flotaba en el aire y el aroma del café se desvanecía, el asedio comenzó...
Sam dormía, un sueño inusualmente profundo, cuando el sonido lo despertó. No fue fuerte, apenas un susurro metálico: el roce de una ganzúa contra los pistones de la cerradura. Un sonido que no debería existir en su mundo cuidadosamente construido. El hielo se deslizó por sus venas. Años de alerta instintiva, enterrados pero no muertos, tomaron el control. Se movió con una fluidez silenciosa que sorprendía incluso a sí mismo, el cuerpo recordando entrenamientos que la mente intentaba olvidar. La oscuridad de la sala de estar fue el escenario de una danza breve y brutal. Sombras que se retorcían, el impacto sordo de puños, el sonido áspero de la respiración. Hasta que tuvo al intruso contra la pared, el olor a cuero viejo y carretera llenando sus fosas nasales, y la luz fantasmal de un anuncio de neón lejano iluminó el rostro de Dean.
Su hermano. La sorpresa fue un golpe físico, seguido de una oleada de emociones encontradas: afecto residual, resentimiento profundo, y un miedo frío y reptante. "¿Dean? ¿Pero qué...?". El nombre era un ancla que lo arrastraba de vuelta al océano oscuro del que había escapado.
Dean, con esa intensidad suya que nunca flaqueaba, fue directo al grano. "Papá. Jericho. Desaparecido". Las palabras eran secas, funcionales, pero cargadas de una historia compartida de pérdidas y peligros. El móvil apareció, la estática llenó el silencio tenso, y luego, la voz de John, apenas un fantasma electrónico: "...la encontré... ya no puedo volver". Cada palabra, un clavo en el ataúd de la normalidad de Sam.
La negativa fue casi un reflejo. "¡No, Dean! ¡Déjame en paz! Tengo una vida aquí. Una vida real". Señaló los libros, el apartamento, como si fueran talismanes contra la oscuridad que Dean traía consigo. Pero incluso mientras discutía, la imagen de su padre, terco, solitario, enfrentándose a lo desconocido, le roía por dentro. Recordó noches de infancia en moteles mugrientos, el miedo constante, pero también la extraña seguridad que emanaba de la presencia de John y Dean. La dualidad lo estaba desgarrando. "¿Y si esta vez es diferente, Dean? ¿Y si realmente te necesita?". La pregunta quedó flotando en el aire. Finalmente, la lealtad, esa cadena invisible forjada en fuego, ganó. "Está bien", cedió, el sabor de la derrota amargo en su boca. "El fin de semana. Domingo por la noche, estoy de vuelta aquí. Sin excusas". El leve asentimiento de Dean fue toda la confirmación que obtuvo. La despedida de Jessica fue una actuación torpe, sus manos temblando ligeramente mientras le aseguraba que todo estaba bien, sintiendo cada palabra como una pequeña traición.
Capítulo II: Crónicas del Olvido y la Profecía del Diario
(En la carretera hacia Jericho)
El Impala negro, 'Baby' como lo llamaba Dean, era una máquina del tiempo y un arsenal rodante. El olor a cuero agrietado, aceite de motor y el tenue pero persistente aroma metálico de las armas ocultas en el maletero llenaban el aire. En la radio, sonaba "Don't Fear the Reaper" de Blue Öyster Cult, y Sam se preguntó si Dean lo hacía a propósito. Miraba las líneas blancas de la carretera desaparecer bajo ellos, cada una un paso más hacia el abismo familiar.
Jericho olía a polvo y a sueños olvidados. El motel "Whispering Pines" tenía un aire de desesperanza silenciosa, desde el recepcionista apático hasta la moqueta gastada del pasillo. La habitación 108 era un portal a la mente de John Winchester. El desorden tenía un propósito: armas limpias y listas, sal en bolsas de lona, identificaciones falsas meticulosamente elaboradas para docenas de alias. Y el diario. Sam pasó los dedos por la cubierta de cuero, sintiendo las hendiduras y cicatrices como si fueran las de su propia piel. Las páginas eran finas, casi quebradizas, la tinta de su padre a veces firme y decidida, otras veces temblorosa y apresurada. Los detalles sobre Constance Welch eran escalofriantes: dibujos de la casa, del puente, teorías sobre anclajes espirituales, notas al margen como “¿El dolor la ata? ¿O la culpa?”. Era más que un registro; era un testamento.
Se pusieron las máscaras de autoridad. Sam se sintió incómodo en el traje prestado que olía a naftalina, ajustándose el nudo de la corbata con dedos torpes. Dean, en cambio, parecía nacer para ello, su arrogancia natural encajando perfectamente con la placa falsa de Marshal. El sheriff Bates, con su mirada penetrante y su forma de masticar chicle lentamente, no les creyó ni por un segundo, pero la burocracia y la posibilidad de problemas federales lo hicieron cooperar a regañadientes. La novia de Troy, Amy, les contó entre sollozos cómo él le había jurado fidelidad justo antes de desaparecer en esa maldita carretera. Cada detalle era una pincelada más en el retrato de un espíritu devorador nacido de la traición y el dolor extremo.
El puente Centennial era un lugar desolado. El viento susurraba entre los pilares de hormigón, y el aire frío parecía adherirse a la piel. Sam sintió una opresión en el pecho, una sensación de ser observado. El coche de Troy estaba allí, cubierto de rocío, una tumba sobre ruedas. La llegada del sheriff no fue una sorpresa. La detención de Dean fue casi coreografiada, una maniobra de distracción bien ensayada. Mientras Dean entretenía a los agentes locales con su desafío socarrón, Sam, ahora como el Agente ویژه Johnson del FBI, obtuvo lo que necesitaban: la dirección exacta de la granja Welch, un lugar del que incluso los lugareños hablaban en susurros. (Nota: Se mantiene el alias ficticio usado en la versión anterior)
Capítulo IV: El Bautismo Final - Fuego y Destino
(Regreso a Stanford y Epílogo)
Conducían hacia el oeste mientras el cielo comenzaba a teñirse de gris y rosa...
"Tenemos trabajo que hacer", dijo, su voz baja, áspera, cada sílaba grabada a fuego en el aire de la mañana.
Se subió al Impala, el asiento de cuero gastado sintiéndose, por primera vez, como su lugar. Dean arrancó el motor, y el rugido del V8 fue un grito de guerra contra la oscuridad. Se alejaron, dejando atrás las cenizas y las sirenas, un pacto silencioso sellado entre ellos, conduciendo hacia la interminable noche americana que era su campo de batalla, su legado y su maldición.
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